viernes, 30 de enero de 2009

EL SEÑOR Q (el gato) CONTRA NARAYAMA (la montaña)

URGENTE, Mendoza City::: Aprovechando el calor, el Sr." Narayama" quiere mandar al exilio al "Señor Q" , en vista de los últimos sucesos en el mundo del anime y apoderarse de pobre cerebro de Quintana. Pronto novedades!!!.

El gato es el sr. Q, el bicho es "Narayama". El que triunfe en la contienda será el nuevo Avatar de Quintana... o por lo menos, será quien lo elija... no deis por cantada la lucha;;; EL GATO NO ES NINGÚN BOLUDO
!!!

jueves, 29 de enero de 2009

HIPER-CONECTADO SOY OTRO



Estoy convenciéndome. No eres la misma clase de avatar si estás todo el día conectado a si te conectas poco. Es como el tuneo. Si tienes un avatar guapo, no estás en Second Life de la misma forma. Los días que estoy todo el tiempo on line soy diferente. Estoy tratando de saber por qué.

DEL BLOG "SECOND LIFE"

miércoles, 28 de enero de 2009

DISEÑOS RECATADOS 2009: MANUAL DE USO


NECESITAMOS AYUDANTES para completar la faena de colocación de fajas y miriñaques a damas mendocinas. ESTAN ABIERTAS LAS INSCRIPCIONES. Los interesados deben escribir a este medio,,, y esperar los resultados, los que serán sometidos a la consideración de las Bellas. Suerte muchachos!!!

Preocupado por la polvareda que se levantó por en los medios locales a raíz de exposiciones públicas de nuestras majestades, el ESTUDIO DE DISEÑO QUINTANA ha pergreñado la recuperación de la ancestral costumbre del miriñaque.

Ante las insistentes consultas de las candidatas, acercamos aquí unas imagenes que tomamos hace algun tiempo, pero que todavía tienen plena vigencia, vista la necesidad urgente de cubrir las partes privadas de las Mozas Donosas.

DISEÑOS RECATADOS 2009: MANUAL DE USO


NECESITAMOS AYUDANTES para completar la faena de colocación de fajas y miriñaques a damas mendocinas. ESTAN ABIERTAS LAS INSCRIPCIONES. Los interesados deben escribir a este medio,,, y esperar los resultados, los que serán sometidos a la consideración de las Bellas. Suerte muchachos!!!

Preocupado por la polvareda que se levantó por en los medios locales a raíz de exposiciones públicas de nuestras majestades, el ESTUDIO DE DISEÑO QUINTANA ha pergreñado la recuperación de la ancestral costumbre del miriñaque.

Ante las insistentes consultas de las candidatas, acercamos aquí unas imagenes que tomamos hace algun tiempo, pero que todavía tienen plena vigencia, vista la necesidad urgente de cubrir las partes privadas de las Mozas Donosas.

VIDA DE POETA



Maiakovski caminaba por las calles de Moscú en invierno, bajo la nieve, acompañado de unos amigos. Nevaba. Los cigarrillos rusos tienen un filtro muy largo, para que puedan ser fumados con los guantes puestos. Sus amigos caminaban con las manos enguantadas metidas en los bolsillos del sobretodo. 
Maiakovski era el último, no porque con sus pasos de gigante no fuese capaz de alcanzarlos, sino porque cada tanto se detenía, se arrancaba un guante, que le quedaba colgando de los dientes, y sosteniendo en una mano el cigarrillo y la lapicera y en la otra una libreta negra, tomaba nota de algunas rimas. 
Un poco más adelante tenía otra ocurrencia, y entonces el ritual volvía a repetirse: dientes, guantes, lapicera, libreta. Al llegar a destino, una casa de las afueras de Moscú calentada a escasa leña, Maiakovski, callado, después de quitarse los guantes tomó los recaudos para hacerse de la mejor silla. 
La acercó a la cocina, se quitó los zapatos, metió los pies en el horno encendido, y, libreta en mano, escribió un poema con las rimas que poco antes había anotado. Y el poema decía: "Esto,/ que tengo en las manos,/ esto, mirad:/ ¡No es una lira!/ Destrozado y arrepentido,/ arranco mi corazón,/ arranco mi aorta."
Del blog "Wimbledon"

martes, 20 de enero de 2009

HOY NO QUIERO SER ORIGINAL

Washington.- Más de tres cuartas partes de los ciudadanos estadounidenses consideran que la asunción de Barack Obama como presidente de Estados Unidos será uno de los acontecimientos más importantes en la historia del país, según un sondeo del instituto Gallup. Un 33% de los encuestados incluso cree que la asunción del primer presidente negro es la más importante en la historia norteamericana. Otro sondeo de CNN demuestra que más de dos tercios de los afroamericanos consideran que la visión del activista de los derechos civiles Martin Luther King Jr. está siendo cumplida 45 años después de su famoso discurso “tengo un sueño”. “Sueño que un día mis cuatro pequeños hijos vivan en una nación donde no sean juzgados por su color de piel, sino por su carácter”, dijo King en 1963. Según CNN, el 69% de los afroamericanos consultados piensa que este sueño se ha hecho realidad. (DPA)

HOY NO QUIERO SER ORIGINAL

Washington.- Más de tres cuartas partes de los ciudadanos estadounidenses consideran que la asunción de Barack Obama como presidente de Estados Unidos será uno de los acontecimientos más importantes en la historia del país, según un sondeo del instituto Gallup. Un 33% de los encuestados incluso cree que la asunción del primer presidente negro es la más importante en la historia norteamericana. Otro sondeo de CNN demuestra que más de dos tercios de los afroamericanos consideran que la visión del activista de los derechos civiles Martin Luther King Jr. está siendo cumplida 45 años después de su famoso discurso “tengo un sueño”. “Sueño que un día mis cuatro pequeños hijos vivan en una nación donde no sean juzgados por su color de piel, sino por su carácter”, dijo King en 1963. Según CNN, el 69% de los afroamericanos consultados piensa que este sueño se ha hecho realidad. (DPA)

domingo, 11 de enero de 2009

INFORME SOBRE VALPARAISO (PARA ARGENTINOS)


ssssshi, ahora estoy bien alojado, pero valpo es medio raro, te cuento, es un puerto con una gran villa alrededor, por lo que es muuuy under,,,eso no es problema si te sabés mover...este concepto es de un arquitecto chileno nacido aquí, y aunque yo no estoy de acuerdo, sirve como simplificación

RECOMENDABLES LOS CERROS ALEGRE Y CONCEPCIÓN, que son de clase media,,,pero no hay cabañas ni departamentos,,,para gente de medianos recursos, solo hay B & B, hospedajes, donde cobran 10.000 pesos por persona, son muy buenos pero a la noche no podes salir del cerro, por seguridad hay que quedarse aquí,,,

Hay opciones, pero me parece que para quien no conoce y quiere aprovechar la movida bohemia de VALPO,,, LO MEJOR ES ALOJARSE EN VIÑA, REÑACA O CON CON, sé que suena curioso, pero es más seguro tomar un bus en el puerto al salir de los locales musicales eetc,,,,lo de venir en auto merece capítulo aparte...

Yo me alojé por primera vez, despues de muchos años, en el cerro Alegre, pero sé que a las diez tengo que quedarme por aquí nomás,,,

INFORME SOBRE VALPARAISO (PARA ARGENTINOS)


ssssshi, ahora estoy bien alojado, pero valpo es medio raro, te cuento, es un puerto con una gran villa alrededor, por lo que es muuuy under,,,eso no es problema si te sabés mover...este concepto es de un arquitecto chileno nacido aquí, y aunque yo no estoy de acuerdo, sirve como simplificación

RECOMENDABLES LOS CERROS ALEGRE Y CONCEPCIÓN, que son de clase media,,,pero no hay cabañas ni departamentos,,,para gente de medianos recursos, solo hay B & B, hospedajes, donde cobran 10.000 pesos por persona, son muy buenos pero a la noche no podes salir del cerro, por seguridad hay que quedarse aquí,,,

Hay opciones, pero me parece que para quien no conoce y quiere aprovechar la movida bohemia de VALPO,,, LO MEJOR ES ALOJARSE EN VIÑA, REÑACA O CON CON, sé que suena curioso, pero es más seguro tomar un bus en el puerto al salir de los locales musicales eetc,,,,lo de venir en auto merece capítulo aparte...

Yo me alojé por primera vez, despues de muchos años, en el cerro Alegre, pero sé que a las diez tengo que quedarme por aquí nomás,,,

miércoles, 31 de diciembre de 2008

miércoles, 24 de diciembre de 2008

DESDE ESA NOCHE LA COMPARTIERON

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido.
La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá.
El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos.
El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos.
Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.
El cuento, "La Intrusa" es de Jorge Luis Borges. Los notables dibujos, de "El Tomi", del blog El desmistificador argentino. La instalación es de Q.

DESDE ESA NOCHE LA COMPARTIERON

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.
FIN